Por Daniel Goldin
Los tratados críticos de literatura norteamericana rara vez lo mencionan y cuando lo hacen le dedican tan solo unas líneas, escuetas y condescendientes ante un escritor que muy poca oportunidad les da a sus autores para exhibir sus habilidades exegéticas: todo en este escritor es demasiado claro y superficial, demasiado artificioso y literario como para que lo tomen en serio los que toman en serio la literatura. Así, el recurrente encomio de su habilidad narrativa y el reconocimiento obligado de su papel en el “desarrollo técnico” del cuento norteamericano. Sin embargo, este escritor que pocos identifican por su nombre fue, como ningún otro, leído y querido por sus contemporáneos. “Ninguno de sus predecesores –dice Arthur Voss- explotó la historia artificiosa con cálculo tan deliberado o con mayor facilidad, y ninguno logró nada como la fenomenal popularidad que él consiguió al escribir sus historias para revistas y periódicos de circulación masiva con la intención de 'complacer a todos'". Sea cual sea la justicia del olvido que la posteridad le ha conferido hay que reconocer que fue justamente de su nombre de lo primero que se desprendió William Sidney Porter al comenzar, recluido en la cárcel, su breve carrera literaria.