Por Álvaro Sarco
En las reproducciones del relieve del Arco de Tito aparece una escena impactante. Se observa a hombres que avanzan en procesión cargando el botín del Templo. Llevan el candelabro de siete brazos y las mesas de las ofrendas. Avanzan encorvados bajo el peso de lo profanado, con el rostro tenso, condenados a repetir una y otra vez el mismo gesto, aunque sus coronas de laurel proclamen victoria.
Detrás de esa escena triunfal está Tito, hijo de Vespasiano, a quien sus contemporáneos llamaron «la delicia del género humano». Cuando Jerusalén cayó en el año 70, aún no era emperador; era el general que comandaba las legiones de su padre. El asedio había sido largo y atroz. Flavio Josefo describe una ciudad que se consumía desde adentro, donde el hambre redujo a los defensores a esqueletos mientras las facciones judías se exterminaban entre sí por un puñado de grano. Al mismo tiempo, las máquinas romanas pulverizaban las murallas desde afuera. Cuando las legiones irrumpieron, la matanza fue sistemática. El Templo ardió hasta los cimientos. Nada de esto aparece en el arco. La piedra solo conserva el triunfo.