Por Álvaro Sarco
En buena parte de sus relatos más célebres, Jorge Luis Borges se apartó de la tradición realista no porque desconfiara de la realidad, sino porque desconfiaba de nuestra manera habitual de comprenderla. Sus historias no se limitan a reproducir el mundo cotidiano: lo someten a una prueba. Introducen en él una posibilidad inesperada —un tiempo que se bifurca, una biblioteca infinita, un planeta imaginario, un hombre que descubre que es otro— y observan qué ocurre cuando nuestras certezas dejan de funcionar.
En Borges, lo fantástico no consiste únicamente en infringir las leyes de la naturaleza. Su función más profunda es poner en crisis las categorías con las que ordenamos la experiencia. El tiempo puede dejar de ser lineal; la identidad puede volverse incierta; la memoria puede confundirse con la invención; un libro puede contener todos los libros posibles. La literatura fantástica permite así imaginar que el mundo podría obedecer a otras leyes y, al hacerlo, ilumina aspectos de la realidad que el hábito cotidiano mantiene ocultos.
Esta es una de las paradojas centrales de la poética borgiana: para aproximarse a la realidad, necesita distanciarse de ella. Borges no emplea lo imposible como una fuga hacia un universo puramente imaginario. Lo utiliza como una herramienta de conocimiento. Al modificar una regla aparentemente elemental de nuestra existencia, consigue revelar hasta qué punto dependemos de ella para considerar estable el mundo.
Por eso su simpatía por la literatura fantástica no puede entenderse como una simple preferencia por lo sobrenatural. Borges encontraba en los mitos, las epopeyas, las leyendas y los relatos maravillosos una tradición literaria anterior a la novela realista y, en muchos sentidos, más libre. Allí aparecían dioses, monstruos, héroes, metamorfosis, viajes imposibles y mundos regidos por leyes distintas de las cotidianas. La imaginación literaria no necesitaba justificarse por su semejanza con la experiencia ordinaria.