Por Álvaro Sarco
La noche del 6 de
septiembre de 1978, el asfalto de Londres todavía conservaba el olor de la
lluvia. Un automóvil negro se detuvo frente al Peppermint Park, en Covent
Garden. La puerta se abrió y Keith Moon bajó primero, con una chaqueta de cuero
negro brillante, cadenas doradas al cuello y una camiseta de Wings. A su lado,
Annette Walter-Lax, rubia y sonriente, lo tomó del brazo. Las cámaras
destellaron. Keith miró alrededor con una media sonrisa cansada. Tenía los ojos
hinchados y el rostro más redondo de lo que recordaban sus seguidores. Tenía
treinta y dos años, pero aparentaba bastantes más.
En la fiesta organizada por Paul y Linda McCartney con motivo del cumpleaños de Buddy Holly y del estreno de The Buddy Holly Story, Moon se movía despacio entre la gente. Llevaba algún tiempo intentando dejar el alcohol y aquella noche apenas bebió un par de copas. Kenney Jones lo saludó.
—¿Estás bien, Keith?
—Sí, estoy sin alcohol. Tomo estas pastillas que me dan náuseas si bebo. Me siento mejor.
No habló de la cocaína que había consumido antes de salir de casa. Aquella noche, en cualquier caso, no parecía el Moon de siempre. Estaba callado, casi ausente. No hubo bromas pesadas ni destrozos. Durante la proyección, en el Odeon Leicester Square, se removió varias veces en el asiento. Al cabo de una hora se inclinó hacia Annette.
—Vámonos a casa. Estoy cansado.