Por Álvaro Sarco
Lo primero que llama la atención es que aquellos ojos carecen de piedad. Pero tampoco hay ira. Hay algo más parecido al hastío: una extraña lejanía, una curiosidad, como si lo que ve quedara fuera de su propio entendimiento. Cuesta distinguir si mira a través de nosotros o más allá, hacia un punto que ya no nos incluye. Nadie encuentra consuelo clavando la vista en ellos. ¿Retrato de un salvador, o el segundo exacto en que dejó a la humanidad sola?
La diestra se alza, pero ya no bendice nada. Los dedos se abren con precisión, midiendo lo que queda entre lo prometido y lo real. En la izquierda sostiene el orbe. Dentro no hay un mundo que salvar, o quizá lo hubo y ya fue juzgado. La luz entra, se rompe, se retuerce sobre sí misma, y no sale de allí nada que podamos reconocer.
Detrás, el fondo es negro. Una noche tendría horizonte y, con él, la promesa de un amanecer; esto no promete nada. Falta el borde donde apoyar la vista, falta el suelo. Y él ahí, sin testigos, lo único que sobró cuando se apagó lo demás. O lo que olvidaron apagar.
En esa piel, en esa suavidad enfermiza de las mejillas, queda la marca de un peso sostenido demasiado tiempo. Como si hubiera cargado cada plegaria y, en algún punto que ya nadie recuerda, hubiera dejado caer la carga. Ahora tan solo mira. Sin rencor, sin dulzura. Con la tranquilidad helada de quien sabe cómo termina todo, aunque no sepa bien cómo llamarlo.
