Por Álvaro Sarco
Durante décadas, la idea de que el universo tuvo un comienzo hace unos 13.800 millones de años ha alimentado tanto la curiosidad científica como debates filosóficos intensos. Para muchas personas, la idea de una singularidad inicial —ese límite donde nuestras teorías actuales dejan de describir adecuadamente el espacio y el tiempo— se convierte de inmediato en la prueba definitiva de una intervención divina. Si el universo tuvo un principio, argumentan, debió existir un arquitecto consciente que le diera el primer empujón. Puesta a prueba con las herramientas de la física moderna y la lógica formal, esta idea revela grietas profundas. Lo que parece una deducción obvia termina siendo, en el mejor de los casos, un espejismo.
Empecemos por la palabra «nada». En el lenguaje cotidiano implica ausencia absoluta de materia, energía, espacio e inteligencia. La física cuántica, en cambio, llama vacío a un estado físico con estructura y leyes, en el que pueden producirse fluctuaciones. Decir que el Big Bang surgió de la nada es, casi siempre, una simplificación de divulgación. La física no nos permite afirmar que el universo nació de la nada absoluta; tampoco sabemos con certeza qué ocurrió en el borde extremo al que nos conducen las teorías actuales. Algunos modelos plantean que nuestro espacio-tiempo pudo emerger de un estado cuántico previo. Es una posibilidad, no un hecho, y ni siquiera está claro si tiene sentido hablar de un «antes» del espacio-tiempo. Ese estado tampoco sería la nada filosófica: tendría estructura y leyes propias. No cierra la pregunta del origen; apenas la empuja un paso atrás. Lo único que demuestra es que la frontera entre «algo» y «nada» es mucho más extraña de lo que el sentido común imagina, no que el misterio esté resuelto.
