Por Álvaro Sarco
Hubo una ciudad cuya fama recorrió todo el mundo antiguo. Quienes llegaban a ella desde el mar encontraban un puerto rebosante de actividad, avenidas de mármol, edificios monumentales y uno de los santuarios más célebres de la Antigüedad. Aquella ciudad era Éfeso.
Situada en la costa occidental de Asia Menor, a orillas del mar Egeo, Éfeso fue durante siglos uno de los principales centros comerciales, políticos y religiosos del Mediterráneo. Su puerto recibía embarcaciones procedentes de todos los rincones conocidos, cargadas de sedas orientales, especias, vinos, aceite y otros productos que alimentaban un intenso intercambio entre Oriente y Occidente.
El edificio que mejor simbolizaba su esplendor era el Templo de Artemisa, considerado una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Más de un centenar de columnas jónicas, algunas cercanas a los veinte metros de altura, sostenían un santuario cuya magnificencia asombraba a viajeros y peregrinos. Allí se rendía culto a Artemisa, protectora de la ciudad, y las ofrendas de oro, plata y marfil convertían el templo no solo en un centro religioso, sino también en uno de los mayores depósitos de riqueza de su tiempo.
Bajo el dominio romano, Éfeso alcanzó su momento de mayor prosperidad. Fue la capital de la provincia de Asia y llegó a contar con varios cientos de miles de habitantes. La Biblioteca de Celso, el inmenso teatro con capacidad para unos veinticinco mil espectadores, el Odeón, las termas y las amplias calles porticadas daban testimonio de una ciudad próspera y cuidadosamente planificada.
