El Perú creció con un Congreso unicameral. ¿Acaso la bicameralidad que imperó en los años ochenta impidió la ruina del país? Al contrario: se convirtió en un obstáculo más al progreso, en un oneroso monumento a la demagogia y en un vanidoso despliegue de retórica destinado a conquistar el fácil aplauso de las graderías. Lo esencial no es el número de cámaras, sino mejorar la calidad y la eficacia de los congresistas. Bastaría con que figuras como Kenji Fujimori no vuelvan a calentar un escaño para que el primer poder del Estado mejore en todos los sentidos.
Algunos añoran la retórica con la que se regodeaban los parlamentarios de la era bicameral. Sin embargo, no basta con ser un orador aceptable para convertirse en un buen congresista. Fatuo e irresponsable resulta el abuso de la elocuencia revestida de pomposidad verbal en momentos en que urge tomar decisiones. Ciertamente, el legislador debe saber argumentar y persuadir en el debate, pero sin perderse en esa facultad hasta el punto de olvidar todo sentido práctico y criterio de realidad.
En lugar de insistir en la bicameralidad, los partidos políticos y las alianzas deberían concentrarse en elaborar y presentar listas congresales integradas por personas preparadas, serias y moralmente intachables. Lo que realmente urge es perfeccionar los filtros en la confección de las listas parlamentarias. ¿De qué serviría un Congreso bicameral si seguimos eligiendo a demagogos como Yonhy Lescano?