El viajero que llegaba por mar encontraba una ciudad dispuesta a deslumbrar. Desde el muelle se abrían avenidas de mármol que conducían hacia edificios públicos y, más allá, hacia el santuario de Artemisa, cuya fama había cruzado mares y fronteras.
Éfeso no fue siempre la misma. La costa se movía, el río Caístro arrastraba polvo y arena, y la ciudad debía seguir ese pulso cambiante. Durante siglos vivió con esa tensión: necesitaba el mar, pero el mar se alejaba.
En su esplendor, el puerto era un hervidero. Barcos de Oriente traían especias y telas; otros partían cargados hacia las ciudades del Mediterráneo. Comerciantes, marineros y peregrinos llenaban las calles con lenguas diversas y pasos apurados.
Por encima de todo se alzaba el Templo de Artemisa, sostenido por columnas que parecían bosques de piedra. No era solo su tamaño lo que imponía respeto: la diosa venerada allí tenía raíces más hondas que la mitología griega, y su imagen hablaba de fertilidad y protección, de la identidad misma de la ciudad.
El santuario atraía riqueza y devoción. No sorprende que los artesanos que vivían de tallar pequeñas figuras de la diosa vieran con recelo la irrupción de un nuevo culto. En el siglo I, Pablo predicó en Éfeso y su mensaje encendió resistencias. Los Hechos de los Apóstoles narran cómo una multitud ocupó el teatro y repitió durante horas: «¡Grande es la Artemisa de los efesios!». Más que cualquier descripción, esa consigna revela la fuerza de un culto que aún dominaba la ciudad.
Roma trajo otro auge. Éfeso se convirtió en capital de Asia y levantó teatros, termas y la Biblioteca de Celso. Sus calles porticadas aún permiten imaginar la escala de aquella metrópoli. Pero el templo conoció tragedia: en 356 a. C., Heróstrato lo incendió para grabar su nombre en la memoria. La leyenda quiso añadir una coincidencia: esa misma noche nacía Alejandro Magno. El santuario sería reconstruido, más grande, más imponente.
Los siglos siguientes fueron menos generosos. Godos y terremotos golpearon la ciudad, pero el enemigo más persistente fue el río. El Caístro avanzaba con su carga de sedimentos, cerrando poco a poco la bahía. Los barcos fondeaban cada vez más lejos. El agua retrocedía. La tierra ganaba.
Éfeso había prosperado junto al mar. Cuando el mar se retiró, comenzó a perderse. Los pantanos trajeron enfermedades y el puerto dejó de ser puerta al mundo. La ciudad quedó tierra adentro, aislada.
El cristianismo transformó su destino. Lo que en tiempos de Pablo había sido disturbio se convirtió en centro de fe. La tradición sostiene que Juan, el discípulo amado, vivió en Éfeso y que allí cuidó de María, la madre de Jesús, cumpliendo las palabras de la cruz. Esa memoria convirtió a la ciudad en un lugar de peregrinación y reforzó su papel en la expansión del cristianismo.
Las incursiones árabes hallaron una urbe disminuida. La población menguaba, los edificios se desmoronaban, las piedras se reciclaban en nuevas construcciones. Con los selyúcidas, apenas quedaba sombra de la gran ciudad.
Hoy, entre ruinas, aún se levanta la fachada de la Biblioteca de Celso y el graderío del teatro. Del templo de Artemisa queda una sola columna, solitaria en medio del campo. Difícil imaginar que allí estuvo una de las maravillas del mundo.
Quizá lo más extraño de Éfeso no sea lo que queda,
sino lo que falta: el mar. El visitante recorre calles que parecen haber sido
trazadas lejos de la costa. Y cuesta creer que por ellas caminaron comerciantes
y peregrinos llegados en barco desde tierras remotas.
Quedaron las piedras. El mar, ahora, está lejos.