Por Álvaro Sarco
Hubo una ciudad cuya fama recorrió todo el mundo antiguo. Quienes llegaban a ella desde el mar encontraban un puerto rebosante de actividad, avenidas de mármol, edificios monumentales y uno de los santuarios más célebres de la Antigüedad. Aquella ciudad era Éfeso.
Situada en la costa occidental de Asia Menor, a orillas del mar Egeo, Éfeso fue durante siglos uno de los principales centros comerciales, políticos y religiosos del Mediterráneo. Su puerto recibía embarcaciones procedentes de todos los rincones conocidos, cargadas de sedas orientales, especias, vinos, aceite y otros productos que alimentaban un intenso intercambio entre Oriente y Occidente.
El edificio que mejor simbolizaba su esplendor era el Templo de Artemisa, considerado una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Más de un centenar de columnas jónicas, algunas cercanas a los veinte metros de altura, sostenían un santuario cuya magnificencia asombraba a viajeros y peregrinos. Allí se rendía culto a Artemisa, protectora de la ciudad, y las ofrendas de oro, plata y marfil convertían el templo no solo en un centro religioso, sino también en uno de los mayores depósitos de riqueza de su tiempo.
Bajo el dominio romano, Éfeso alcanzó su momento de mayor prosperidad. Fue la capital de la provincia de Asia y llegó a contar con varios cientos de miles de habitantes. La Biblioteca de Celso, el inmenso teatro con capacidad para unos veinticinco mil espectadores, el Odeón, las termas y las amplias calles porticadas daban testimonio de una ciudad próspera y cuidadosamente planificada.
También desempeñó un papel destacado en la historia del cristianismo. San Pablo predicó en Éfeso durante varios años, aunque su mensaje encontró la resistencia de quienes vivían del culto a Artemisa. Según narran los Hechos de los Apóstoles, los artesanos que fabricaban imágenes de la diosa llegaron a provocar un gran tumulto en defensa de sus antiguas creencias.
Sin embargo, la historia de Éfeso demuestra que ninguna ciudad, por poderosa que parezca, permanece inalterable. En el año 356 a. C., un hombre llamado Heróstrato incendió deliberadamente el Templo de Artemisa con el único propósito de alcanzar la fama. La tradición cuenta que aquella misma noche nacía Alejandro Magno y que la diosa estaba ausente asistiendo al parto. Más allá de la leyenda, el templo fue reconstruido con un esplendor aún mayor y volvió a convertirse en uno de los monumentos más admirados del mundo antiguo.
Las dificultades llegaron después de forma más persistente. En el siglo III, los godos saquearon la ciudad y dañaron gravemente el santuario. A ello se sumaron varios terremotos que afectaron sus edificios y obligaron a continuas reconstrucciones.
Pero el enemigo más constante fue la propia naturaleza. El río Caístro, hoy conocido como Küçük Menderes, arrastraba enormes cantidades de sedimentos desde el interior y los depositaba en la bahía. Durante siglos, las autoridades intentaron mantener abierto el puerto mediante trabajos de dragado, pero el avance del limo era incesante. Poco a poco, los barcos tuvieron mayores dificultades para llegar hasta la ciudad. Las aguas estancadas favorecieron la aparición de pantanos y enfermedades, mientras la línea de costa se alejaba cada vez más. La ciudad, nacida gracias al mar, terminó perdiendo el contacto con él.
Las incursiones árabes de los siglos VII y VIII agravaron una decadencia que ya estaba en marcha. La población disminuyó progresivamente y muchos de sus edificios fueron utilizados como canteras para nuevas construcciones. Cuando los turcos selyúcidas ocuparon la región en el siglo XI, la antigua metrópoli era apenas la sombra de sí misma. Con el paso de los siglos terminó por quedar abandonada.
Hoy, las ruinas de Éfeso figuran entre los yacimientos arqueológicos mejor conservados del mundo romano. La fachada de la Biblioteca de Celso continúa recibiendo a los visitantes; el gran teatro aún domina el paisaje; del célebre Templo de Artemisa apenas permanece en pie una columna, suficiente para recordar la magnitud de lo que existió allí.
Las ciudades suelen desaparecer por guerras, incendios o conquistas. Éfeso conoció todo eso. Pero, al final, fue un proceso más lento y silencioso el que decidió su destino: el río fue cerrando el puerto, el mar se alejó y la ciudad perdió la razón misma de su existencia. A veces la historia no termina con un estruendo, sino con un lento cambio del paisaje.