domingo, 16 de agosto de 2026

La última noche de Moon

 Por Álvaro Sarco

La noche del 6 de septiembre de 1978, el asfalto de Londres todavía conservaba el olor de la lluvia. Un automóvil negro se detuvo frente al Peppermint Park, en Covent Garden. La puerta se abrió y Keith Moon bajó primero, con una chaqueta de cuero negro brillante, cadenas doradas al cuello y una camiseta de Wings. A su lado, Annette Walter-Lax, rubia y sonriente, lo tomó del brazo. Las cámaras destellaron. Keith miró alrededor con una media sonrisa cansada. Tenía los ojos hinchados y el rostro más redondo de lo que recordaban sus seguidores. Tenía treinta y dos años, pero aparentaba bastantes más.

En la fiesta organizada por Paul y Linda McCartney con motivo del cumpleaños de Buddy Holly y del estreno de The Buddy Holly Story, Moon se movía despacio entre la gente. Llevaba algún tiempo intentando dejar el alcohol y aquella noche apenas bebió un par de copas. Kenney Jones lo saludó.

—¿Estás bien, Keith?

—Sí, estoy sin alcohol. Tomo estas pastillas que me dan náuseas si bebo. Me siento mejor.

No habló de la cocaína que había consumido antes de salir de casa. Aquella noche, en cualquier caso, no parecía el Moon de siempre. Estaba callado, casi ausente. No hubo bromas pesadas ni destrozos. Durante la proyección, en el Odeon Leicester Square, se removió varias veces en el asiento. Al cabo de una hora se inclinó hacia Annette.

—Vámonos a casa. Estoy cansado.

Tres meses antes, The Who había filmado en Shepperton Studios lo que sería la última actuación de Moon con la banda. La primera jornada había salido mal y hubo que repetirla; en el segundo intento, sin embargo, consiguió tocar con una energía que recordaba al viejo Moon. Aquellas imágenes terminarían formando parte de The Kids Are Alright. Serían las últimas que quedarían de él tocando con The Who.

Poco después, el 18 de agosto, apareció Who Are You. Era el último álbum de la banda en el que participaría. Para entonces, incluso en el estudio, comenzaban a hacerse evidentes sus problemas. Había canciones que ya no podía tocar como antes. «Music Must Change», por ejemplo, terminó grabándose sin batería de Moon.

En la portada del disco aparece sentado en una silla, con las piernas abiertas y el cuerpo considerablemente más pesado que unos años antes. En el respaldo puede leerse una advertencia: «Not to Be Taken Away». Tres semanas después ya no estaba.

Keith y Annette volvieron al apartamento de Curzon Place, que les había prestado su amigo Harry Nilsson. Annette le preparó unas costillas de cordero, uno de sus platos favoritos, y después se acostaron a ver una película, The Abominable Dr. Phibes.

Horas antes, el doctor Geoffrey Dymond, de Harley Street, le había entregado un frasco entero de clometiazol (Heminevrin), un sedante utilizado para aliviar los síntomas de abstinencia del alcohol. La indicación era sencilla: una cápsula cuando sintiera deseos de beber, sin superar las tres al día. Moon, acostumbrado desde muy joven a llevar los excesos hasta el límite (whisky, anfetaminas, noches interminables y habitaciones de hotel destrozadas) recibió cien pastillas. Aquella madrugada tomó muchas más de las indicadas.

Volvió a despertarse unas horas después, hambriento y de mal humor. Se lo hizo saber a Annette. Discutieron. Ella se resistió al principio, cansada, pero terminó levantándose y le preparó algo de comer. Mientras recogía el plato, Keith pronunció las últimas palabras que se le atribuyen:

—Si no te gusta, puedes irte a la mierda.

Tomó más Heminevrin y volvió a la cama. Sus ronquidos llevaron a Annette a refugiarse en el sofá. Poco después, ambos dormían profundamente.

Había, además, una coincidencia difícil de ignorar. El apartamento era el Flat 12 del número 9 de Curzon Place. Cuatro años antes, en 1974, había muerto allí Cass Elliot, de The Mamas & The Papas. Harry Nilsson, propietario del lugar, solía prestárselo a sus amigos músicos. Ahora otro nombre célebre del rock ocupaba aquellas habitaciones.

Annette despertó pasadas las tres y media de la tarde del 7 de septiembre. La casa estaba demasiado silenciosa. Entró en el dormitorio y encontró a Keith inmóvil, boca abajo, con un brazo colgando del borde de la cama. No podía oírlo respirar. Llamó a una ambulancia, pero los médicos sólo pudieron certificar la muerte.

La autopsia determinó que había muerto por una sobredosis de clometiazol. Se encontraron 32 tabletas en su organismo; 26 de ellas permanecían todavía sin disolverse.

Así terminó Keith Moon. Tenía treinta y dos años.

Durante una década había sido uno de los bateristas más imprevisibles del rock. En The Who no parecía entender la batería como un acompañamiento. La tocaba como otro protagonista. Sus redobles podían meterse dentro de una canción, empujarla, desordenarla y, a veces, llevarla demasiado lejos. Pero esa misma incapacidad para contenerse era parte de lo que hacía reconocible su manera de tocar.

Quizá por eso, cuando se escucha hoy a Moon en los discos de The Who, cuesta separar al músico del personaje. Está el hombre que destruía habitaciones, que bebía hasta perder el control y que terminó muriendo demasiado joven. Pero está también el baterista que, durante unos pocos años, hizo que el instrumento pareciera algo mucho más grande de lo que había sido hasta entonces.

En los discos de The Who todavía puede escucharse a un músico que parecía incapaz de elegir el camino previsible. Más de cuatro décadas después, sus redobles siguen sonando con la misma urgencia, como si cada canción estuviera a punto de desbordarse.