miércoles, 4 de noviembre de 2026

El espejismo del origen

Por Álvaro Sarco

Durante décadas, la idea de que el universo tuvo un comienzo hace unos 13.800 millones de años ha alimentado tanto la curiosidad científica como debates filosóficos intensos. Para muchas personas, la idea de una singularidad inicial —ese límite donde nuestras teorías actuales dejan de describir adecuadamente el espacio y el tiempo— se convierte de inmediato en la prueba definitiva de una intervención divina. Si el universo tuvo un principio, argumentan, debió existir un arquitecto consciente que le diera el primer empujón. Puesta a prueba con las herramientas de la física moderna y la lógica formal, esta idea revela grietas profundas. Lo que parece una deducción obvia termina siendo, en el mejor de los casos, un espejismo.

Empecemos por la palabra «nada». En el lenguaje cotidiano implica ausencia absoluta de materia, energía, espacio e inteligencia. La física cuántica, en cambio, llama vacío a un estado físico con estructura y leyes, en el que pueden producirse fluctuaciones. Decir que el Big Bang surgió de la nada es, casi siempre, una simplificación de divulgación. La física no nos permite afirmar que el universo nació de la nada absoluta; tampoco sabemos con certeza qué ocurrió en el borde extremo al que nos conducen las teorías actuales. Algunos modelos plantean que nuestro espacio-tiempo pudo emerger de un estado cuántico previo. Es una posibilidad, no un hecho, y ni siquiera está claro si tiene sentido hablar de un «antes» del espacio-tiempo. Ese estado tampoco sería la nada filosófica: tendría estructura y leyes propias. No cierra la pregunta del origen; apenas la empuja un paso atrás. Lo único que demuestra es que la frontera entre «algo» y «nada» es mucho más extraña de lo que el sentido común imagina, no que el misterio esté resuelto.

Ya en el pasado se atribuían los rayos a la ira de los dioses porque nadie conocía el electromagnetismo. Algo de eso sobrevive en la tentación de colocar una explicación sobrenatural justo donde la ciencia todavía no llega. Hay que ser cuidadosos: no toda apelación a una causa trascendente cae en esa trampa. Inferir una causa a partir de lo mejor disponible no es lo mismo que taponar una ignorancia con un nombre. El problema aparece cuando se atribuye el origen del universo a un creador únicamente porque nuestras ecuaciones dejan de funcionar en las condiciones extremas del universo temprano, sin ningún otro argumento independiente. Ahí, reemplazar una incógnita científica por un misterio teológico no aporta una explicación. Apenas le cambia el nombre al problema.

Hay también algo lógico que no cierra del todo. Las versiones más elaboradas del argumento cosmológico, como el kalam, no dicen que todo lo que existe necesite una causa, sino que todo lo que empieza a existir la necesita. Una entidad eterna, al no haber comenzado nunca, queda fuera de esa regla. Es una posición más cuidadosa de lo que a veces se le reconoce. Pero incluso aceptando ese punto queda una pregunta incómoda. ¿Por qué esa realidad eterna e incausada tendría que ser una mente creadora? Si ya hemos admitido que puede existir algo que no necesita causa, todavía hay que explicar por qué esa condición corresponde a una inteligencia consciente y no, por ejemplo, a una estructura física fundamental o a un estado primordial cuya naturaleza desconocemos. Decir que el universo es contingente y que solo una mente necesaria puede explicar su existencia ya es otro argumento. No se desprende del hecho de que el universo haya tenido un comienzo. Trasladar el enigma físico al terreno de la metafísica puede producir una hipótesis interesante; no la convierte en una explicación demostrada. Y si se sostiene que la cadena de causas no puede prolongarse indefinidamente, aún falta justificar por qué debe detenerse en una divinidad y no en alguna realidad fundamental que tampoco precise origen. Declarar que la divinidad no necesita origen no resuelve la cuestión. Simplemente establece dónde queremos detener la pregunta.

La gravedad hace caer la lluvia sin diseñar la trayectoria de cada gota. En la naturaleza vemos todos los días procesos que no requieren una mente que decida el resultado de cada acontecimiento. Esto no demuestra que el universo carezca de propósito, pero sí pone en evidencia algo que este razonamiento pasa por alto: causalidad e intención no son lo mismo. Incluso si algún día pudiéramos establecer que el universo tuvo una causa, todavía habría que demostrar que esa causa era una mente, que poseía conciencia y voluntad y que actuó con algún propósito. 

Nada de esto demuestra que un creador no exista; eso sería otra discusión y otra clase de evidencia. Lo único que muestra es que este argumento puntual, el que va del origen del universo a un arquitecto consciente, no llega a probar lo que promete. Los límites de lo que sabemos hoy son eso nomás, los límites de lo que sabemos hoy.