Por Álvaro Sarco
En las reproducciones del relieve del Arco de Tito aparece una escena impactante. Se observa a hombres que avanzan en procesión cargando el botín del Templo. Llevan el candelabro de siete brazos y las mesas de las ofrendas. Avanzan encorvados bajo el peso de lo profanado, con el rostro tenso, condenados a repetir una y otra vez el mismo gesto, aunque sus coronas de laurel proclamen victoria.
Detrás de esa escena triunfal está Tito, hijo de Vespasiano, a quien sus contemporáneos llamaron «la delicia del género humano». Cuando Jerusalén cayó en el año 70, aún no era emperador; era el general que comandaba las legiones de su padre. El asedio había sido largo y atroz. Flavio Josefo describe una ciudad que se consumía desde adentro, donde el hambre redujo a los defensores a esqueletos mientras las facciones judías se exterminaban entre sí por un puñado de grano. Al mismo tiempo, las máquinas romanas pulverizaban las murallas desde afuera. Cuando las legiones irrumpieron, la matanza fue sistemática. El Templo ardió hasta los cimientos. Nada de esto aparece en el arco. La piedra solo conserva el triunfo.
Marco Aurelio escribía en griego, casi en secreto, sus Meditaciones. Eran ejercicios privados contra la ira y la locura del poder, redactados durante las noches de vigilia en su tienda de campaña, mientras el aire olía a cuero húmedo y estiércol de caballo. Y, sin embargo, ese mismo hombre dirigió las brutales guerras marcomanas. La columna que el Senado erigió en su honor bajo el reinado de Cómodo muestra sin disimulo la crudeza del conflicto, pues exhibe aldeas incendiadas, prisioneros decapitados y largas hileras de esclavos. El famoso estoico ordenaba allí la violencia necesaria para que las fronteras no se derrumbaran y el orden permaneciera.
El Arco de Tito y las páginas de Marco Aurelio conservan testimonios distintos de un mismo mundo. En uno, la victoria aparece convertida en piedra. En el otro, un emperador reflexiona sobre la fugacidad de la vida y el gobierno de las propias pasiones. Para quienes los produjeron, el mármol y la introspección cabían en el mismo hombre.
Quizá la paradoja no radica en que una misma civilización pudiera albergar tanta belleza y tanta barbarie, sino en nuestra propia necesidad de disociarlas. Al mirar el pasado, preferimos olvidar que el legado que admiramos se cimentó sobre el horror que la historia oficial decidió callar.