Por Álvaro Sarco
A la llegada de los españoles los incas distaban de concretar la cohesión de los territorios conquistados. Muchos señoríos y pueblos, como los cañaris, chachapoyas y huancas, entre otros, aguardaban el momento de sacudirse del yugo del invasor inca y de sus odiosas exigencias. En ese escenario, le fue relativamente fácil a Pizarro y a un puñado de españoles apropiarse –valiéndose del ejemplo de Cortés en lo de crear alianzas con los grupos descontentos- de un territorio tan precariamente reunido y que sufría una desgastante "guerra civil", haya sido ella ritual o no.[1]
El carácter centralizado del Tahuantinsuyo –esa vasta dominación que muchos miran con anacrónica nostalgia- motivó que tras la captura de Atahualpa el "imperio" se desmoronara casi de inmediato. Vinieron, luego, con Manco Inca y los últimos jefes de Vilcabamba cruentas tentativas de reacción, pero el Tahuantinsuyo, como Estado, ya había desaparecido en Cajamarca el 16 de noviembre de 1532.
Los cronistas españoles –sobre todo aquellos como Cieza de León o Betanzos- se sirvieron de los testimonios de los viejos quipucamayocs y de los sobrevivientes de las panacas para acercarse a la organización socio-económica del Tahuantinsuyo. En esa estructura, quien llevaba el peso de la producción era el indio[2] común o hatun runa: elemento perteneciente a un estrato inferior de la estructura social incaica, y al que le era imposible acceder a la clase gobernante; formada indisolublemente por las panacas y la clase sacerdotal. Ambas se arrogaban todos los privilegios imaginables constituyendo la ya sabida dualidad que detentó el poder en la cultura andina. Ninguna participaba de la producción en la economía, y estaban libres de las laboriosas cargas que gravitaban sobre el pueblo llano.