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viernes, 27 de agosto de 2010

Alberto Hidalgo o la inquietud literaria

Por Estuardo Núñez


Entre todos los poetas de su generación, Alberto Hidalgo es quien asume la tarea de ofrecer, dentro de su fiero individualismo, y en sus mismos comienzos, una nota de buscada y lograda originalidad. Esta nota se traduce en una reacción mantenida latente a través de toda su obra contra las formas de la poesía usual. Su línea de combatiente literario empieza en las ya lejanas páginas de la revista Anunciación (1915), editada en Arequipa. Se manifiesta igualmente en tres libros polémicos en los años siguientes: Hombres y bestias (Arequipa, 1918), Jardín Zoológico (Arequipa, 1919) y Muertos, heridos y contusos (Buenos Aires, 1920).

martes, 24 de agosto de 2010

José Carlos Mariátegui y Alberto Hidalgo. Amistad y correspondencia

Por Álvaro Sarco

El inicio de la amistad entre José Carlos Mariátegui y Alberto Hidalgo[1] se remonta a 1917. En aquel año, Alberto Hidalgo viajó a Lima, e insertándose entre los colónidas de Abraham Valdelomar, consiguió que “El Conde de Lemos” lo apadrinara. Valdelomar escribió una extensa, "Exégesis Estética", a manera de prólogo del poemario de Hidalgo Panoplia Lírica (1917). Valdelomar gozaba, por entonces, de una importante influencia tanto por su labor de escritor como por su condición de animador literario. En tal sentido, Alberto Hidalgo, con sus veinte años a cuestas, no pudo conseguir mejor espaldarazo a fin de ingresar en el circuito literario peruano que -para el secular lastre centralista- significaba llanamente algún tipo de reconocimiento en Lima.[2]

sábado, 21 de agosto de 2010

Alberto Hidalgo o el libelo en el Perú

Por Álvaro Sarco

 
Conspicua es la tradición libelista que ostenta el Perú. Pueden rastrearse sus antecedentes -a través de nuestra vida independiente- en nombres como los de los radicales Enrique Alvarado y Mariano Amézaga (siglo XIX), precursores directos de Manuel González Prada, verdadero numen, por así decirlo -en este controversial género-, de la más estimable generación de libelistas que ha dado el Perú. Me refiero al grupo que se organizó alrededor de Abraham Valdelomar y su consigna de épater le bourgeois –conjunto que publicó en diarios y revistas-, y que encerró nombres de jóvenes, pero ya ilustres vitriólicos, como el de Federico More, el mismo Valdelomar, Alfredo González Prada (hijo del mentor del grupo), y el arequipeño Alberto Hidalgo (1897-1967). Este último fue posiblemente el mayor exponente del género, la más alta cota de una tradición libelista desarrollada con denodado acierto en el Perú, el “brulotista excelso” que superó largamente en virulencia a su maestro –y por lo mismo, el más profundamente odiado-, y que llegó a hacer del libelo casi una obra maestra de la imprecación, zahiriendo siempre con inigualable puntería. Y si bien en su momento Hidalgo fue explicablemente depreciado o silenciado, hoy debería –ya extintos los actores de los entredichos- ser estudiado y revalorizado tal y como su importante producción literaria lo amerita.

viernes, 20 de agosto de 2010

Alberto Hidalgo: El insulto como arte

 Yo soy un iconoclasta. Los ídolos me revientan. Me gustaría, mientras los demás se prosternan, poder romper a pedradas la cabeza de Dios. Para mí nada hay respetable: ni la religión, ni la patria, ni la madre de uno. Si tengo alguna consideración por mí mismo es precisamente por esto: porque soy uno de los hombres que han sido más insultados y negados. El día en que yo sea un hombre de respeto, me destapo la cabeza de un balazo.
Alberto Hidalgo 
El libelo o panfleto ha tenido desde siempre una existencia azarosa en nuestra tradición literaria y, por tanto, no constituye una práctica dotada de continuidad histórica. Del mismo modo, no es un hábito de escritura que la crítica se anime a incorporarlo al canon literario con mucha frecuencia y, salvo excepciones, los panfletos escritos en el Perú a lo largo de varias épocas parecen eternamente condenados al rescate; esa es, prácticamente, la única garantía de circulación de los textos que conforman el repertorio de este género -o subgénero- en el Perú. Por ello, resulta más que saludable la aparición de De muertos, contusos y heridos, una selección de algunos de los furibundos libelos que escribió el poeta arequipeño Alberto Hidalgo (1897-1967).

lunes, 16 de agosto de 2010

Alberto Hidalgo, El Panfletario


Hace poco ha salido a la luz la compilación de textos de Alberto Hidalgo (1897-1967)  titulada De muertos, heridos y contusos. Libelos de Alberto Hidalgo (SUR-Librería Anticuaria, Lima, 2004, 168 pp.). La edición está bellamente presentada y se enriquece con un prólogo de Fernando Iwasaki (De hidalgo más bien poco, título que juega con el apellido del autor y con su actitud frente a sus adversarios, poco hidalga) y de un epílogo de Álvaro Sarco (Alberto Hidalgo o el libelo en el Perú).

domingo, 15 de agosto de 2010

Manuel González Prada

      
Manuel González Prada,[1] tan justamente inclemente en sus dicterios contra algunos actores peruanos durante la Guerra contra Chile tuvo, por decir lo menos, una discutible actuación durante tal conflagración. Antes del conflicto era un “señorito” que no pasaba de pergeñar algunas líneas literarias o ejercer funciones de hacendado. Cuando empezó la guerra del 79, según él y su biografista máximo, Luis Alberto Sánchez, González Prada (que entonces tenía 35 años) deseó pelear en cualquier frente y posición militar, mas curiosamente, cuando otros peruanos de distintas regiones del país se movilizaron (o fueron levados) al frente de batalla, él se mantuvo en la capital. Sólo cuando los chilenos ya merodeaban Lima y el dictador Piérola ordenó que tomaran las armas todos los hombres en capacidad para hacerlo, es que Manuel González Prada se enroló en el “ejército” en calidad de “Oficial de Reserva” (grado otorgado, obviamente, dada su “alcurnia” y no por sus conocimientos castrenses).

Alberto Hidalgo como cuentista

Por Álvaro Sarco


Los sapos y otras personas (1927) –único libro de cuentos de Alberto Hidalgo[1]- es casi una compilación. Buena parte de los relatos que la integran (aunque generalmente con otros títulos) ya habían visto la luz pública en la revista bonaerense Caras y Caretas, y en menor medida en otras publicaciones. Tal procedimiento de compilación no era ajeno a Hidalgo, operación análoga efectúo, por ejemplo, con el poemario Descripción del cielo (1928). Así ocurrió con el poema “La hora cero”: Caras y Caretas. Año XXIX, N° 1430, Buenos Aires, 27 de febrero de 1926, “Ubicación de Lenin”: Amauta. Año I, N° 1, Lima, 14 de setiembre de 1926, “Biografía de la palabra revolución”: Amauta. Año II, N° 7, Lima, marzo de 1927, entre otros que luego figurarían en el poemario del 28.