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sábado, 23 de junio de 2012

"Diario de mi sentimiento" de Alberto Hidalgo


Nota del editor : sesenta y nueve capítulos del Diario de mi sentimiento de Alberto Hidalgo. Obra de incuestionable valor para internarse en la estética, vida y época del escritor arequipeño. (Hidalgo, Alberto. Diario de mi sentimiento: 1922-1936. Buenos Aires: Edición privada, 1937. 371 p.)

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PRÓLOGO

“Diario de mi Sentimiento” no iba a llamarse así. En alguna lista de mis libros, éste salió anunciado con el título de “Novela”. Después le puse un adjetivo, y con tal adjetivo ha estado viviendo durante años en mi corazón: “Novela Activa”. Porque, en rigor, es una novela, la mía, o de mi vida. La novela de las existen­cias vulgares está hecha de amorcillos, de pequeñas tra­gedias, de contactos con todo lo pedestre del mundo, de acción, según se dice en el lenguaje de esa técnica. La novela de un hombre habituado a pensar, cliente ya in­curable del vicio de pensar, no puede estar hecha sino de pensamiento. Así ésta.
Pero siendo lo que es principalmente, o mejor dicho, dada la forma que afecta, su título no podía ser otro que el inscrito. Sin embargo, un sentimiento compasivo me prohibía ese bautizo: el saber que éste achicaría la importancia de todos los diarios que andan por el mun­do y en particular del de Enrique Federico Amiel, al cual debe toda su gloria. Porque el de Amiel es la obra de un pajero (nadie se alarme por mis vocablos: yo, dueño de todo el idioma, uso los que me da la gana), y el mío es cosa viva, máscula, fruto de un hombre que sabe emplear sus medios genitales en el momento opor­tuno y que ante la vida reacciona mostrándoselos. Claro está que yo también me he masturbado, pero de eso hace más de veinticinco años y, en cambio, el poeta suizo perseveró hasta los últimos de su existencia. Si, final­mente, me decidí a usar la palabra determinativa del género, fué para vindicarlo. Pues, a causa de Amiel, se ha estado creyendo que el diario podía ser el vehícu­lo de la acotación quejumbrosa, sentimentalona o cursi, del onanismo literario, en una palabra. Insisto en que ni el “Diario Íntimo” ni su autor merecen la fama que les han confeccionado los chirles, trapaceros, gárrulos, tontos y otros marañones.