Nota del editor : sesenta y nueve capítulos del Diario de mi sentimiento de Alberto Hidalgo. Obra de incuestionable valor para internarse en la estética, vida y época del escritor arequipeño. (Hidalgo, Alberto. Diario de mi sentimiento: 1922-1936. Buenos Aires: Edición privada, 1937. 371 p.)
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PRÓLOGO
“Diario
de mi Sentimiento” no iba a llamarse así. En alguna lista de mis libros, éste
salió anunciado con el título de “Novela”. Después le puse un adjetivo, y con
tal adjetivo ha estado viviendo durante años en mi corazón: “Novela Activa”.
Porque, en rigor, es una novela, la mía, o de mi vida. La novela de las existencias
vulgares está hecha de amorcillos, de pequeñas tragedias, de contactos con
todo lo pedestre del mundo, de acción, según se dice en el lenguaje de esa
técnica. La novela de un hombre habituado a pensar, cliente ya incurable del
vicio de pensar, no puede estar hecha sino de pensamiento. Así ésta.
Pero siendo lo que es
principalmente, o mejor dicho, dada la forma que afecta, su título no podía ser
otro que el inscrito. Sin embargo, un sentimiento compasivo me prohibía ese
bautizo: el saber que éste achicaría la importancia de todos los diarios que
andan por el mundo y en particular del de Enrique Federico Amiel, al cual debe
toda su gloria. Porque el de Amiel es la obra de un pajero (nadie se alarme por
mis vocablos: yo, dueño de todo el
idioma, uso los que me da la gana), y el mío es cosa viva, máscula, fruto de un hombre
que sabe emplear sus medios genitales en el momento oportuno y que ante la
vida reacciona mostrándoselos. Claro está que yo también me he masturbado, pero
de eso hace más de veinticinco años y, en cambio, el poeta suizo perseveró
hasta los últimos de su existencia. Si, finalmente, me decidí a usar la
palabra determinativa del género, fué para vindicarlo. Pues, a causa de Amiel,
se ha estado creyendo que el diario podía ser el vehículo de la acotación
quejumbrosa, sentimentalona o cursi, del onanismo literario, en una palabra.
Insisto en que ni el “Diario Íntimo” ni su autor merecen la fama que les han
confeccionado los chirles, trapaceros, gárrulos, tontos y otros marañones.