Por
Florencio del Mármol
Batalla de Tacna (1880)
Amaneció el
memorable día 26. El ejército aliado preparaba su rancho para el desayuno cuando a eso de las 9 a.m.
se presentan a su vista sus avanzadas y algunos cuerpos que no habían llegado
al campamento de regreso de la marcha de la noche anterior, peleando en
retirada con las descubiertas del enemigo cuyas negras y compactas masas
aparecieron enseguida cubriendo todo nuestro frente. Acto continuo se rompió,
por ambas partes, el fuego de cañón que duró como dos horas pero interrumpido
por intervalos varias veces. Al eco de sus detonaciones, Tacna fue puesta otra
vez en alarma y la bronca campana de San Ramón empezó a pregonar vivamente el
peligro.
Así como el 22,
dejé también ahora la cama e hice lo posible por conseguir una cabalgadura,
diligencias que en el primer momento fueron infructuosas. Había resuelto esta
vez no dirigirme al campamento sino cuando el fuego del cañón se sintiese
acompañado por el de la infantería. Este momento no se hizo esperar. Como a las
11 a.m. estaba vestido y recostado en mi
cama cuando fui llamado por el ecónomo para hacerme advertir un ruido que no
sabía si era producido por un carro al galope, sobre el empedrado de una lejana
calle, o si realmente sería el fuego de la infantería.