viernes, 20 de mayo de 2011

Los cinco antecesores de Bin Laden

Por Guillermo D. Olmo

Bin Laden ha sido el último, pero la historia de los EE.UU. está repleta de archivillanos que han servido para catalizar tanto el miedo como la energía nacionales

América contra... pongan lo que quieran al final de la frase y tendrán uno de los hilos argumentales de la historia de los Estados Unidos. Osama Bin Laden, abatido el pasado domingo por las fuerzas especiales del Ejército estadounidense  es solo el último de la larga lista de enemigos acérrimos del gigante mundial. No tardará en haber otro, igual que hubo muchos antes. El Tío Sam siempre está en guerra.

En un país que ha construido su identidad contemporánea en gran medida ahormada por el lenguaje cinematográfico, no es extraño que para los estadounidenses su país ejerza el rol de justiciero universal, el papel del héroe que tras ímprobos esfuerzos y épicos sinsabores termina venciendo al villano.

Es una constante en la beligerante y mesiánica retórica política estadounidense la existencia de un enemigo público número uno, un agente sobre el que se vierte toda la aversión y la energía de un país siempre empapado de un fuerte espíritu de cruzada. Ya en la época de lo que en España se conoce como el desastre del 98, la prensa estadounidense inoculó a la opinión pública la convicción de que las fuerzas españolas en Cuba cometían toda clase de felonías.

Al Capone:  Un par de décadas después, en los tiempos de la Ley Seca y el gangsterismo, sería un actor interno el que se erigió en paradigma de la maldad y amenaza para la sociedad. Alphonse Gabriel Capone, hijo de unos inmigrantes italianos, que medró en el mundo del hampa hasta convertirse en el más popular y conocido delincuente, acaparó entonces las portadas y la preocupación de gobernantes y policías. Capaz de burlar impunemente todas las leyes federales y poner en jaque al FBI y a otros organismos de seguridad, se hizo dueño y señor en las calles de Chicago. La figura de Capone, también conocido como «Cara Cortada» por unas cicatrices causadas en una riña en un bar, infundió terror en todo el país y quedó grabada de manera indeleble en el imaginario colectivo a ambos lados del Atlántico. Los estadounidenses respiraron cuando en 1931 fue por fin procesado y encarcelado por evasión fiscal.

Adolf Hitler: La Segunda Guerra Mundial desató un nuevo hito de fervor patriótico estadounidense. Golpeado por la tragedia de Pearl Harbor, el gigante norteamericano se zambulló en la contienda mundial con el objetivo de derrotar los totalitarismos que habían llevado al mundo al borde del abismo, del que el más demencial liderazgo era el ejercido por el histriónico Adolf Hitler. Por primera vez, «América» tenía como némesis al jefe de un Estado que era una gran potencia industrial. Aunque la contienda se vivió con mayor intensidad en el frente del Pacífico, donde norteamericanos y japoneses se masacraron sin desmayo, el delirio hitleriano quedó para la posteridad como sinónimo de barbarie y la victoria aliada como la de la civilización y la libertad. El cine estadounidense explotaría este filón hasta la saciedad. Hitler terminó sus días con un disparo en la cabeza. Como Bin Laden, que también ha muerto un primero de mayo, solo que a Hitler el tiro no se lo pegó nadie. Fue él mismo.

Fidel Castro: El líder cubano es la excepción. Fidel Castro es de los pocos dirigentes mundiales que ha osado desafiar a los Estados Unidos sin pagar con la muerte o el derrocamiento. Es su pueblo el que paga con penurias las consecuencias de un embargo comercial que se prolonga ya durante casi medio siglo y que tiene sumido a la población de la isla en la miseria. La enemistad del dirigente cubano con su poderoso vecino del norte se enciende en octubre de 1962, cuando Castro autoriza la instalación de misiles soviéticos en suelo cubano. Aquello desató una crisis diplomática sin precedentes que hizo temer a la población estadounidense y a la mundial que la tan temida contienda nuclear entre las dos potencias era inminente. El presidente Kennedy  logró neutralizar la amenaza y el episodio sirvió para que la comunidad internacional tomara conciencia de la necesidad de adoptar medidas contra la proliferación nuclear, pero desde entonces Castro quedó perfilado como una de las bestias negras de América, tanto que muchos pensaron que pudo estar implicado en el asesinato de JFK como respuesta a la falida invasión de la Bahía de Cochinos. La total entrega a Moscú del régimen cubano agudizó la tensión entre La Habana y Washington. Castro siempre presume de que la CIA ha intentado liquidarle en muchas ocasiones sin conseguirlo. Ahora la Cuba castrista es más un residuo que un peligro para los intereses norteamericanos.

Muamar el Gadafi: Ahora de vuelta a la cúspide del «ranking» de los déspotas más odiados por la cruenta represión con la que está castigando a su pueblo alzado, Gadafi fue en la década de 1980 uno de los más detestados enemigos de «Occidente». Atentados brutales perpetrados por terroristas libios, como el de Lockerbie, en el que murieron 270 personas a causa de la bomba colocada en un avión de la Pan Am, despertaron la indignación internacional contra un régimen al que se acusaba de terrorismo. Aunque con la emergencia de Al Qaida y la asunción de sus responsabilidades por Lockerbie, el régimen del coronel se rehabilitó internacionalmente, en los años en los que los estrategas de Washington no lo veían como un factor de estabilidad en el Magreb, el dictador libio fue objetivo prioritario de los bombarderos estadounidenses. De hecho, en 1986 se produjo un ataque conjunto de las aviaciones británica y estadounidense sobre las ciudades de Trípoli y Bengasi, ataque en el que las bombas silbaron muy cerca de los estancias privadas de Gadafi, segando la vida de pocos meses de una nieta del dictador. Este fin de semana, la historia se repitió, acabando con la vida de su hijo menor.

Sadam Hussein: El inmediato antecesor del magnate terrorista saudí como objeto de la fobia nacional estadounidense. Como Bin Laden, Sadam  pasó de aliado a enemigo cuando cambiaron las tornas en el escenario internacional. El dictador iraquí, que en la década de 1980 era visto por el Departamento de Estado como un eficaz dique de contención para el peligroso Irán de Jomeini, pasó después de invadir Kuwait en 1990 a ser presentado como el más peligroso agente desestabilizador en Oriente Medio. En 1991, el comandante en jefe George Bush padre lanzaba la operación «Tormenta del desierto» e invadía Iraq. Tras más de una década de tensión en la que no faltaron ni el embargo internacional ni el acoso militar, en el año 2003, ya con Bush hijo en la Casa Blanca, Sadam se convirtió en el pagano de la masacre de las Torres Gemelas. Derrocado, convertido en un proscrito, oculto en un agujero en el mismo país que gobernó con mano de hierro, la imagen de su captura y la de su posterior ejecución supusieron para la sociedad norteamericana una nueva confirmación de su «destino manifiesto», la victoria y la libertad. El que se opone a ese destino, como Sadam, como Osama Bin Laden, paga con la vida.

Ahora, los estadounidenses celebran su nueva victoria, el final de una historia que, como muchas de las de Hollywood, terminó con una bala de sus fuerzas especiales en la cabeza del malo. Las barras y las estrellas ondean de nuevo orgullosas en las calles de un país que se sabe especial. La cuestión ahora es quién ocupará el lugar que deja el sanguinario Osama.

De momento, cuando se apague el júbilo orgulloso de estos días, los norteamericanos, con el presidente Obama a la cabeza, tendrán que mirar de frente los otros problemas que aquejan al Tío Sam, como los problemas de una economía enorme pero vulnerable o la posibilidad, factible según el FMI, de que sufra una crisis de la deuda como la que ha azotado a varios países europeos. Son esos asuntos que no pueden arreglar los Navy Seals. ¿O sí?