Por César Moro
El problema de la pintura en el Perú ha tomado los caracteres más
odiosos en su forma y contenido; una vaguedad débil mental cubre la nitidez de
los fines o fin propuestos. Se trata de ver claro a través de las volutas
imponentes de este nuevo esoterismo: la
pintura indigenista cuya cruzada ha tomado virulencia alarmante en mí
país.
Hay quien pretende ayudar la gran miseria que el indio sufre en el
Perú, su ostracismo total, llevándolo con verdadera saña al lienzo infamante o
al cacharrillo destinado al turismo y adjudicándole todos los estigmas con
que las reblandecidas clases dominantes de Occidente gratifican a las
admirables razas de color.
En el Perú, país sin tradición pictórica, la barbarie pobre que nos
caracteriza como conjunto se empeña, afanosamente, por crear dentro la horrible
penuria de recursos, una pretendida pintura que no tenga nada que ver con la
pintura europea; es decir, que en lugar de las rollizas bretonas, holandesas y
demás suizas que poblaron otrora la pintura en Europa, tendremos ahora indios
a granel. El indigenismo no se circunscribe, como es fácil de comprender, solamente
a la pintura; toda la gama de intelectuales en el Perú quiere levantar las
nuevas murallas chinas que nos aíslen de Europa, a quien nuestros sabihondos
lectores de las traducciones de Spengler llaman decadente, sin reflexionar un
instante en que si Europa es decadente, nosotros intelectualmente, no somos
sino un pobre reflejo de esa decadencia y con un retraso considerable en años
y una falta de vitalidad que nos es peculiar, debida, entre otras cosas, a la
pobreza de la facultad de pensar, tan poco desarrollada en los países de habla
hispana, comprendiendo a España, naturalmente. Todos sabemos o deberíamos
saber que el español es una lengua estancada desde el Siglo de Oro y en la que
la filosofía, la poesía, no han tenido los representantes máximos que en otras
lenguas abundan, como abundan entre nosotros los intelectuales que hablan de
todo y de nada a través de la mala digestión de las traducciones fraudulentas
de aquella Editorial famosa, entre nosotros de Chile; editorial que no es suma
sino índice de la cultura reinante en nuestro “continente estúpido” como
brillantemente lo definiera, hace años, Pio Baroja. Continente estúpido, pese
a los regocijantes meridianos intelectuales que unos sitúan en Buenos Aires y
otros según su pobre regionalismo sentimental. Lo único evidente es que la sede
del tango está en Buenos Aires irradiando sobre la producción poética
continental.
Pero volvamos a la bisoña pintura peruana que tiene una enojosa
tendencia a disolverse y a producir espesas nubaredas en el cerebro del
espectador optimista que se decide a contemplarla; es necesario tomar
precauciones para ocuparse de ella, como -no perdamos el sentido de las
distancias- para descender o penetrar en el laberinto faraónico de una tumba
egipcia recientemente descubierta. Guay! del que en mi país se atreva a mirar
el mundo con ojos que no sean de un denodado pintor indigenista o los del
escritor folkórico, inmediatamente es tratado de extranjerizante, afrancesado
y enemigo acérrimo del indio, de ese fabuloso mito de cartón que les produce
rentas, entendiendo, sin duda, por amigos del indio a las vetustas turistas
sajonas que, álbum de acuarela en mano, se dedican a sorprender “el alma del
Ande”, para hablar como un indigenista perfecto, dándonos hasta la náusea la
consabida imagen del indio en una postura pre-natal con la “quena” entre las
manos como símbolo compensatorio demasiado claro de la virilidad adormecida y
cantada por cuanto vale al servicio de la casta explotadora a existido en el
Perú.
![]() |
César Moro (1903-1956) |
El indigenismo es la piedra de toque. O se es indigenista, o se es
un farsante; o se pintan en la forma más primaria y más ajena a la pintura,
con la mentalidad más atrasada, indios sin relleno, indios como figurones de
feria, o se es el afrancesado más perdido que haya podido producir la “suave
patria” sumergida desde hace milenios en la opresión.
No sabíamos pensar por nosotros mismos bajo la provocación del Inca
que una vez al año cogía el badilejo simbólico para enardecer a sus siervos en
el trabajo, mientras el resto del año lo dedicaba a la preparación del próximo
gesto simbólico. Bien es verdad que en la era incaica tuvimos la norme compensación
de ignorar totalmente la serie de sentimientos “Salvation Army”. La caridad y
la insolencia del que siendo más fuerte puede trabajar, para con el que siendo
físicamente incapaz, no lo hace, no existían. La dignidad humana tenía su
nivel. Vinieron los españoles y con ellos el cortejo horripilante de las virtudes
cristianas. Nuestra época de aborto de todo aquello que no sean las grandes
empresas cretinizantes que tan pronto conquistan extensiones territoriales,
como tratan de colonizar las aguas furiosas y desbordantes de la verdadera cultura
atacada sin descanso en el cine, el libro, la inmunda prensa venal, etc, etc...
Nuestra época, en la que Hitler y Stalin son los más feroces enemigos de esta
cultura, se caracteriza, precisamente, por esta saña castradora en que el
fascio y el martillo llegan a fraternizar. (1).
De las manos férreas del Inca pasamos a las garras del conquistador
guardador de puercos, fanático, analfabeto, vorazmente hambriento de oro,
goloso de revolcarse en este excremento ideal y con el conocido complejo de
inferioridad que lo lleva a asesinar a Atahualpa cuando éste descubre que
Pizarro no puede descifrar los signos que representan la idea de Dios,
mientras los soldados leen con facilidad la palabra escrita en una uña de
Atahualpa, (2) del soberbio Atahualpa a quien debemos un resplandeciente
homenaje por ser el primer hombre que en el Nuevo Continente arroja por los
suelos el Evangelio y lo restituye a su lugar adecuado. No eran los españoles,
que por boca de uno de los suyos, un jesuita naturalmente, el P. Aranda, se
vanaglorian de destruir hasta seis mil encarnaciones del demonio en un solo
día (se refiere a los admirables y sensacionales vasos del Perú), los sandios
conquistadores, los que pudieran traer a nuestro pueblo una nueva forma
válida de pensamiento, ellos no pensaban sino en forma de iglesia; así
reemplazaron el Templo del Sol, en el Cuzco, con una iglesia católica,
arrasando hasta los cimientos el templo solar.
Al liberamos de España no hicimos sino quedamos con unos españoles
peores, los mestizos y mulatos españolizantes con títulos de Castilla que, a
través de la república, amordazan el pensamiento y mantienen en riguroso
inéditas las más elementales conquistas de la democracia.
Y así, naturalmente, pretendemos circunscribir, ahora, la expresión
esencialmente poética, por ende universal, del lenguaje pictórico, a normas
que encaucen el problema del espíritu del hombre actual en el Perú, dentro del
callejón sin salida y sin seducción de la reproducción arbitraria o justa del
indio, de su mujer, de la suegra y del suegro del indio, del hijo del indio y
de toda su parentela, vestidos con los trajes que, como la perpetuación de
algo incierto, son los únicos que le permite llegar hasta hoy el explotador de
su suelo.
A estos latrocinios inmemoriales suscribe sin disputa quien,
consciente o inconscientemente, adula a la clase dominante pintando para ella
y solamente para ella, indios deformes, a quienes dicha clase acepta en sus
casa de pésimo gusto, a condición de que vengan enmarcados y ya sin el
peculiar olor a lana que, según ella, caracteriza a los indios. Prefieren sin
duda el olor de cadaverina que despide la pintura indigenista. Estos cuadros
sirven a los arios gatosos como prueba de la pretendida inferioridad de las
razas de color.
La Escuela de Bellas Artes en el Perú es el baluarte más fuerte de
esta anodina tendencia; de ella salen, año tras año, hasta la náusea, los
innumerables mantenedores del arte cretinizante, los que creen cumplir con la
misión profundamente transformadora del Arte, devorando diariamente su ración
de indio al óleo. No creo necesario defenderme del estúpido cargo que pudiera
hacérseme de escribir guiado por un sentimiento de enemistad o antipatía
personal absolutamente inexistente, ni de otros cargos que los imbéciles en su
miseria moral no dejarán de hacerme. Ellos solos se juzgan y se definen. Esto
dicho, puedo afirmar que no creo en el porvenir mesiánico del indio: veo su
actualidad incontestable, veo que todo intento de confinarlo en lo anecdótico
no es sino una maniobra de la peor reacción; veo, como cualquiera puede verlo,
su explotación en mayor o menor grado, al mismo título que los mestizos que
poblamos la costa. Los pintores indigenistas tampoco creen en el porvenir de
los indios ni en su pasado, que desconocen; para ellos el indio es y ha sido
siempre el quechua; las depuradísimas civilizaciones de la costa no existen:
no perciben la resonancia extraordinaria, y no cancelada como resonancia y
revelación, de su arte ejemplar que, como una bestial cabeza decapitada no
cesa de amenazar con sus terribles fuerzas de sueño, la miserable realidad
que lo circunda y lo desvirtúa. No ven sino el indio mutilado que nos dejó la
Colonia de nefasta memoria, al indio vestido de harapos multicolores.
Pero hay un indio que es bestia de carga en competencia con la llama
esbelta: un indio igual a todos los hombres explorados; un indio que puede
tener y tiene, inúmeras veces, una impecable belleza clásica; un indio que
trabaja sin descanso bajo climas implacables con un miserable puñado de maíz
como alimento; un indio que se hunde en el refugio de la coca y del alcohol;
un indio que deberá escupir el salivazo de su desprecio sobre aquellos que lo
pintan como un monstruo de farsa. (3) A ese indio prefieren ignorarlo porque no
es lo bastante particular para distinguirse de todos los hombres que no son
sino uno solo; ese indio no es pintoresco y en ese caso más vale recurrir como
tema a ciertos aspectos del barbarie costeña: se puede pintar, por ejemplo, la
procesión del “Señor de los Milagros”.
Los pintores indigenistas no creen en la actualidad del indio,
porque la actualidad significa la pérdida de los colorines y el crepúsculo de
lo pintoresco y antes que perder el temario, prefieren ayudar a perpetuar a
toda costa el estado de cosas que les asegura frescos, buenos trozos ya listos
de pintura fácilmente exportable.
No propongo ninguna escuela en reemplazo de otra. Sólo quiero
suscribir al postulado de “toda licencia en Arte”. Contra las escuelas que no
hacen sino dar fórmulas para mejor atraer y entretener al comprador y no quitarle
el sueño ni interrumpir su digestión. El arte empieza donde termina la
tranquilidad. Por el arte quita-sueño, contra el arte adormidera.
México, 31 de Diciembre de 1938
(César Moro. A propósito de la pintura
en el Perú. En la revista El uso de la palabra. Lima, Diciembre de
1939, pp. 3,7.)
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(1).- En Octubre
de 1939 no queda ya ni la sombra de una sombra de duda sobre la estrecha
similitud de los
fines perseguidos desde siempre por Stalin y Hitler. Inútil decir que el slogan
“Defensa de la U.R.S.S.”, tiene, actualmente, tanto contenido revolucionario
como el próximo slogan que el cadáver de la ill Internacional puede lanzar:
“Defensa del Imperio Japonés”.
(2).- Prescott: “Historia de la Conquista
del Perú”.
(3).- Salivazo que debe extenderse al
próximo Congreso Indigenista a celebrarse dentro de poco en alguna república
latinoamericana.