jueves, 18 de julio de 2013

El combate de Angamos. Correspondencia de la "Unión"


A BORDO DE LA UNIÓN,
12 DE OCTUBRE DE 1879.

    SS.EE.,

Impresionados aún por la serie de acontecimientos desarrollados el día 8 del que rige, dirijo a Uds. esta correspondencia.

No quisiera narrar a los lectores de "El Comercio" sino el heroico y sin igual combate naval que hemos presenciado el miércoles último; pero, mi carácter de Corresponsal me impone el deber de dar a Uds. todos los hechos ocurridos en esta última expedición, como paso a hacerlo.

A las 4.00 a.m. del 1° del actual zarpamos del puerto de Iquique, en convoy, con el Huáscar y el Rímac.

Francos ya del puerto, el Rímac hizo rumbo al Norte y nosotros, siguiendo las aguas del monitor, nos dirigimos hacia el Sur.

Entraba en los planes acordados, navegar separados de la costa y guardando las precauciones debidas. Así se hizo.

Sin novedad, navegamos los primeros días hasta el viernes 3, en que, a las 3 y media de la mañana, distinguimos un vapor que navegaba pegado a la costa.

El Huáscar nos ordenó, por señales, reconocerlo. En consecuencia, se aumentó el andar de la corbeta y, estando ya a una distancia conveniente, se afianzó el pabellón peruano con un cañonazo en blanco.

El vapor avistado se aproximó a nosotros. Ostentaba en el pico de mesana la bandera inglesa y al tope de sus palos trinquete y mayor, el distintivo de la Compañía Inglesa de Vapores.

A pesar de ello, se mandó a su bordo la visita de guerra y de regreso ésta, dijo ser el vapor Chala, en viaje de Valparaíso a Antofagasta.

Su capitán se negó rotúndamente a contestar las preguntas que se le hicieron. El Huáscar, que había llegado al costado del Chala, mandó también su bote de visita. Tampoco pudo conseguir nada.

Tuvimos que dejar, pues, que continuara su viaje y nuestro convoy siguió su derrota, siempre al Sur.

Corbeta la Unión
Poco antes de las 11 de la mañana llegamos al puerto de Sarco, donde se encontraban fondeados dos buques de vela.

A la vez, el Huáscar y la Unión destacaron embarcaciones para reconocerlos, resultando ser uno el bergantín goleta con bandera inglesa Coquimbo, cargado de harina y otros artículos, y el otro, la goleta Emilia, con bandera norteamericana, sin carga.

Como los papeles del Coquimbo no estuvieron en regla y usara sin derecho la bandera inglesa, se le remitió al Callao para que fuera juzgado por el Tribunal de Presas.

El Teniente 1° Arnaldo Larrea y el Aspirante Arturo de la Haza, fueron los comisionados para llevar a su destino la mencionada presa que ya había sido sacada de su fondeadero, remolcada por el Huáscar.

No teniendo nada que hacer en aquel puerto, nos dirigimos al de Coquimbo.

El Huáscar navegaba más pegado a la costa, para estar listo en el caso de que algún transporte, al avistarnos, quisiera huir.

A las 12 y 30 de la noche distinguimos el faro del puerto y montamos los islotes Pájaros Niños.

Pronto estuvimos dentro del puerto y tan cerca de tierra que distinguimos claramente los buques que se encontraban fondeados en la bahía.

El Huáscar, por un lado, y la Unión, por el otro, reconocieron aquellos buques, ninguno de los cuales era chileno.

La Pensacola y un buque de S.M. Británica se hallaban igualmente fondeados en la bahía.

No dejaba de notarse la agitación de los habitantes de Coquimbo, que corrían en distintas direcciones con luces en la mano.

Uds. saben que Coquimbo está bien fortificado y creímos, como era natural suponer, que se nos hiciera fuego, siquiera estimulados por la presencia de dos buques de guerra extranjeros; pero tampoco esta vez se han dejado sentir los cañones enemigos.

Practicado el reconocimiento de la bahía, que duró tres horas, no quedaba nada que hacer y salimos de ella, siguiendo el Huáscar

A las 11.00 a.m. del día siguiente entramos al puerto de Tongoy, para reconocer un vapor que había allí y que resultó sel el Cotopaxi, vapor del Estrecho, en viaje de Caldera a Valparaíso.

Regresaban los botes que fueron a hacerle la visita de guerra, cuando el vigía dio la voz de "humo por la proa".

En convoy con el Huáscar fuimos a reconocer el humo que se avistaba, gobernándose para cortarle por la proa.

Se afianzó el pabellón con un tiro en blanco y el vapor en cuya solicitud íbamos paró su máquina.

Se mandó practicar la visita de guerra. Era el vapor Ilo, de la Compañía Inglesa, en viaje al Callao.

Tampoco en este vapor se nos quiso suministrar ninguna noticia ni dársenos periódicos de Chile.

Habíamos llegado al fin de nuestra expedición, y ya fuera porque faltara carbón al Huáscar o porque se juzgara más útiles los servicios de los dos buques en nuestra costa, resolvió el Contralmirante Grau, de acuerdo con el Comandante General García y García, regresar al Norte, tocando previamente en determinados puertos.

En esta virtud, variamos el rumbo siguiendo las aguas del Huáscar, al que ya habíamos suministrado algunas toneladas de carbón.

Pronto comprendimos que llevábamos rumbo a Antofagasta.

No nos habíamos engañado: el Huáscar debía entrar al puerto para reconocer los buques que allí se encontraban, y la Unión cruzar entre la embocadura del puerto de Punta de Tetas.

Aunque había luna, el tiempo estaba brumoso. El Huáscar, que a las 12 y media de la noche había entrado a la rada de Antofagasta, salía de ella poco después de las 3 de la mañana, a todo andar. A la vez, distinguíamos cuatro buques más, que no podían dejar de ser enemigos.

Seguimos en convoy con el Huáscar y los cuatro buques avistados cambiaron señales y nos perseguían.

Al amanecer, distinguimos claramente que los buques perseguidores eran un blindado, una corbeta y dos buques más, probablemente de los armados últimamente en guerra. Uno de éstos hizo rumbo para Antofagasta, sin duda para dar aviso.

Contralmirante Miguel Grau
Era tanta la tenacidad de los buques para alcanzarnos y tal su buen andar, que fue necesario que la Unión abriera un poco el rumbo para dar tiempo a que el Huáscar, de menos andar, pudiera ganar al Norte. Se consiguió el objeto, pues ya habían quedado muy atrás los buques enemigos, aunque continuaban a todo andar; y la corbeta, que se iba separando del blindado, cazó su aparejo.

Nos creímos ya fuera del alcance de los buques chilenos, cuando se distinguió que del NO. venían otros tres cortándonos por la proa. Era el otro blindado, la corbeta O'Higgins y uno de los vapores armados en guerra. Esta división fue a juntarse con la primera y el blindado y la corbeta seguían gobernando para cortarle por la proa el rumbo al Huáscar.

Poco a poco iban estrechándose las distancias y el blindado le entraba ventajosamente a nuestro monitor, que, comprendiendo, por estar estrechado sobre la costa, que no podía eludir un combate tan desigual, puso proa a tierra.

Creíamos por el momento que alguna descompostura en la máquina lo obligaba a pegarse a la playa para vararse. No había llegado ese caso, felizmente, sino que había sido una hábil maniobra del Contralmirante Grau, quien, considerando inevitable el combate, se pegó a tierra para proyectarse sobre ella y presentar menos blanco al enemigo.

Gallardo y majestuoso, presentó el Huáscar su torre al formidable blindado chileno; y le descargó sus dos cañones. Eran las 9 y media de la mañana.

El blindado, que no pudimos conocer si era el Cochrane o el Blanco Encalada por ser difícil distinguirlos a los lejos, contestó los disparos hechos por nuestro monitor.

Se habían estrechado tanto las distancias y se hacía por ambos combatientes un fuego tan nutrido, que por momentos esperábamos que nuestro débil monitor fuera a sucumbir.

Repentinamente, vemos que el Huáscar pone proa al blindado y se larga sobre él a partirlo con el espolón; simultáneamente, le dispara casi a boca de jarro los dos cañones de su torre. Inútil valentía, pues el blindado, con su doble hélice, escapa al golpe y le dispara sus cañones.

Había ya transcurrido el tiempo suficiente para que el otro blindado se uniera al primero y se trabó ya el combate entre el Huáscar con el Cochrane y el Blanco Encalada.

El fuego de cañón y de ametralladora se hacía cada vez más nutrido y el Huáscar, hábilmente manejado, maniobraba con la mayor rapidez, haciendo fuego a sus enemigos sin presentarles la popa, que siempre se le buscaba por ser la parte más vulnerable del monitor.

No es para descrito, el gran espectáculo que teníamos a la vista.

Dos formidables naves de guerra, con 12 cañones de a 300 y un blindaje de 9 pulgadas, batiéndose con un débil monitor de 2 cañones de a 300 y 4 y media pulgadas de blindaje al centro, por 3 y 2 y medio en las extremidades.

Varias veces se vio al Huáscar irse encima a uno de los blindados y a éstos rehuir el golpe.

¡Qué combate tan asombroso! Era el primero en su género.

¡Gloria a los héroes del Huáscar! Es la palabra con que debemos aclamar todos los peruanos a sus valientes tripulantes.

El valor, energía y patriotismo del bravo Contralmirante Grau y su digna oficialidad y tripulación, son sin igual; no tienen ejemplo.

Como dato curioso, doy a continuación el número y hora de los tiros disparados por nuestro monitor y los blindados Cochrane y Blanco Encalada, en el glorioso combate del 8 de octubre; de las 9 y media de la mañana, en que principió, hasta 10 y 38 en que ya habíamos perdido de vista a los combatientes.

Hélo aquí:

El Huáscar rompió los fuegos: hora: 9.30; 9.32; 9.36; 9.37; 9.41; 9.42; 9.46; 9.50; 9.55; 10.5; 10.5; 10.10; 10.10; 10.13; 10.13; 10.21; 10.23; 10.29; 10.30; 10.32; 10.32; 10.38. Total: 25 disparos en una hora, ocho minutos.

Blindados chilenos: el primero con que se trabó el combate y que, creo, fue el Cochrane: horas: 9.36; 9.38; 9.41; 9.42; 9.46; 9.47; 9.50; 9.50; 9.52; 9.54; 9.58; 9.58; 10.3; 10.7; 10.8; 10.9; 10.12; 10.15; 10.16; 10.18; 10.19; 10.21; 10.23; 10.29; 10.29; 10.35; 10.36; 10.36. Total: 30.

2° blindado, Blanco Encalada: horas: 10.22; 10.22; 10.24; 10.24; 10.38; 10.38. Total: 6.

A las 10 y 38 minutos apenas se distinguía el humo de los buques y se veían los fogonazos, sin percibirse de cuál salían.

Con la desesperación consiguiente nos alejamos de nuestro monitor y no podía ser de otro modo.

Desde que se avistó la Segunda División Naval chilena y se estrecharon las distancias, los dos blindados se dirigieron al Huáscar; y se dirigieron en persecusión nuestra la O'Higgins y otros dos buques que, presumimos, fueran otra corbeta y el Loa.

No era prudente, pues, que la Unión comprometiera un combate con las dos corbetas y el Loa, porque a estos buques se hubieran reunido, desde que dejáramos nuestro rumbo, todos los demás que venían por el Sur, entablándose así voluntariamente una de las luchas más desiguales, que por mucho que hubiéramos hecho y por grandes que hubieran sido los sacrificios que nos impusiéramos, era punto menos que imposible poder contrarrestar, si no en ventaja, a lo menos con igualdad, el enemigo y se habría perdido la corbeta, aunque sucumbiendo heroicamente.

Sin embargo de estas poderosas razones, la Unión maniobraba, procurando conseguir que algunos de los buques chilenos se separaran de los otros para acometerlo.

El Loa, que era el que mejor navegaba y que avanzaba un poco, nos disparó con sus colisas de proa de 150, cuatro cañonazos con intervalos de 8 a 10 minutos, pero a tanta distancia que no llegaban ni a la mitad del espacio intermedio, que no era menos de 7,000 metros.

Vista la difícil situación que atravesábamos, juzgó el Comandante General llegado el caso de reunir una Junta de Guerra para acordar la resolución que debía adoptarse en circunstancias tan excepcionales.

En efecto, se reunió ésta bajo la presidencia del Comandante General, Capitán de Navío don Aurelio García y García; con el Comandante del buque, Capitán don Nicolás F. Portal; el 2do. Comandante, Capitán de Corbeta don Juan Salaverry; el 3er. Comandante, Capitán de Corbeta Graduado don Emilio N. Benavides; Mayor de Órdenes de la 2° División Naval, Capitán de Fragata don Gregorio Pérez; y el Teniente Coronel, 2do. Jefe de la Columna Constitución del Callao, don Leopoldo Flórez Guerra.

Monitor Huáscar
Después de deliberar detenidamente lo que debería hacerse, acordó la Junta, en primer lugar, que nada podía influir en la suerte del Huáscar el combate que empeñara la Unión con los buques de madera; y resolvió que la Unión combatiese cualquiera que fuese el número de buques de madera que llegasen a ponerse al alcance de nuestros cañones; y que, en caso de que así no sucediese, debía seguirse el mismo rumbo, ya que se había sacado a la corbeta del centro de la escuadra enemiga.

El Loa, que ya había avanzado algo, temiendo que volviésemos sobre él, acortó su andar para juntarse nuevamente con sus consortes, las corbetas.

Estos buques continuaron con alternancias de más o menos distancias, durante todo el día, por nuestra popa, en cuya dirección se les veía con bastante claridad al obscurecer y pasadas algunas horas de la noche.

A la madrugada del 9 llegamos al puerto de Arica, donde no permanecimos sino el tiempo suficiente para hacer carbón y embarcar a los prisioneros chilenos del Regimiento Yungay, que debíamos conducir a Mollendo. Llegamos a aquel puerto a más de las 11 de la mañana del día siguiente y después de desembarcar a los prisioneros y de esperar instrucciones por telégrafo del Director de la Guerra, nos hicimos nuevamente a la mar, con rumbo hacia el Norte, navegando con las precauiciones debidas y habiendo fondeado en este puerto a las 5 y 15 p.m.

Acompaño a esta correspondencia copia del Parte Oficial del Comandante General García y García, dando cuenta del resultado de esta última y desastrosa expedición; y copia del Acta de la Junta de Guerra a que me refiero en esta correspondencia.

No se borra todavía de mis oídos el estruendo de los cañones blindados, ni se aparta de mi vista el grandioso espectáculo de ese desventajoso combate sostenido por el Huáscar contra el Cochrane y el Blanco Encalada.

¡Ojalá que nuestro heroico monitor no haya desaparecido, para que la Patria, agradecida, recompense como se merece el valor, pericia y sacrificio de sus gloriosos hijos que lo tripulaban!

Si ha sucumbido, se llenará de dolor la República entera.

¡Loor a los héroes del Huáscar! ¡Gloria a los mártires del 8 de octubre!

     El Corresponsal.

                                                                                                                                   J. R. C.

     (El Comercio, octubre 12 de 1879).