lunes, 25 de octubre de 2010

El catolicismo popular andino

Por Álvaro Sarco


Actualmente, la antropología cultural tiende a señalar como rasgo medular de cada entorno social diferenciable a su visión o “concepción del mundo” (Weltanschauung). Ésta incluye la ideología de cada grupo humano, permitiéndole como un todo y a sus miembros, en particular, explicar y justificar su posición y función dentro de la sociedad, así como “orientar” sus comportamientos a partir de un “sistema de valores” transmitidos generacionalmente.

Puede imaginarse, entonces, el grado de inicial desajuste que cundió durante la expansión de la “cultura occidental” en el territorio del Tahuantinsuyo. De características antagónicas con relación a su “concepción del mundo”, discordaban en las metas, métodos y funciones atribuibles al “sujeto” en sus respectivas áreas culturales.

La dinámica histórica proponía una finita disociación. Puede ilustrarse con un aspecto significativo ¿Cómo se explicitó la “transculturación” del simbólico ámbito cosmogónico en su “representación artificial”? Durante la conquista la disputa ocurrió en dos planos básicos: uno material, resuelto contra las sociedades indígenas, y el otro, en el plano “metafísico”. Este significó una “lucha” entre divinidades, creencias y símbolos expresados en rituales y ceremonias. Aquí sobrevino la “muerte” de los dioses andinos más abstractos (Apu Kon Titi Wiracocha, por ejemplo) por intermedio de los propios nativos, quienes los enviaron al olvido al no recibir la ayuda esperada de ellos.

Los dioses secundarios (Apus), aquellos que “viven en los cerros”, y, por ende, cerca del hombre, corrieron diferente suerte al de los dioses de la élite incaica (Wiracocha, el Inti). No desaparecieron ante el avance de las manifestaciones cristianas, por el contrario, las trastocaron y desestructuraron inculcándoles su contenido icónico, en un proceso que ha venido a denominarse “sincretismo”. Bajo el disfraz de la mesiánica parafernalia católica, entonces, siguieron latentes los apus serranos denodadamente estilizados, enlazados al hombre andino en rituales de clamoroso sentimiento colectivo.


De esta manera, es aquí, en lo religioso, en donde se da una mayor supervivencia de elementos andinos –pese a la “extirpación de las idolatrías”[1]- en esa pugna por reducir al “otro” a sus categorías. Fenómeno que también ocurrió en otros puntos de América, tal como nos lo recuerda el historiador mexicano José Luis Rojas: 
Los indígenas demostraron su gran capacidad de adaptación. Cristo, la Virgen María y los santos pasaron a regir las actividades que antes favorecían a Quetzalcóatl, Xipe Tótec y los demás dioses. Muchas creencias prehispánicas se fundieron con el cristianismo para dar lugar a una forma particular de catolicismo indígena que algunos autores han descrito bajo la etiqueta de catolicismo popular.
Por lo demás, la concepción cíclica del tiempo de los andinos –distinta a la historia lineal occidental-, suponía una opuesta representación tanto del pasado como del futuro. Fue la evangelización –sin quererlo- la que logró salvar tal discordia al incorporarle el discurso escatológico cristiano, a saber, la segunda venida de Cristo o parusía paralela a la regeneración de la especie humana. Esto se amoldó con la noción cíclica andina basada en la esperanza de un statu quo ante bellum o el retorno del Tahuantinsuyo.[2]


Álvaro Sarco
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Referencias

[1] Pese a las variadas medidas que se pusieron en práctica –sin exceptuar la represión- a fin de eliminar de la “idolatría” de los nativos, el culto religioso indígena pervivió como una manera, quizá, de resistencia ideológica al dominio español.

[2] Otra manifestación esperanzadora de retorno a una etapa pre-hispánica fue la creencia que surgió tras la decapitación de Túpac Amaru I en 1572 en la Plaza del Cusco. Este suceso habría dado lugar al mito de Inkarrí, según el cual a partir de la cabeza del Inca –sepultada en algún lugar- crecería nuevamente su cuerpo, y con él, una etapa de renacimiento de un “orden” nativo.