sábado, 18 de enero de 2014

Amor callejero (cuento)

                                                                                                                   Por Álvaro Sarco

 
Una noche que paseaba en bicicleta -en la época en que mi actual gordura era impensable-, decidí variar de ruta y adentrarme en las sinuosas calles del meretricio.

Yo era un chico que vivía de propinas. No podía aspirar a las más jóvenes y agraciadas, que siempre son las más caras. Así, me limitaba a merodear a las maduritas, a las señoras, y aun a sexagenarias que atendían por unas monedas.

Esas mujeres marchitas eran mi salvación, la razón de mi tranquilidad mental. Me procuraban placer sexual, pero también animaban mi espíritu con su pícara conversación y con historias que, a un mozo como yo, le resultaban reveladoras.

Tenía mis preferidas; unas tres o cuatro con las que habitualmente me iba al parque. Entre ellas y yo reinaba la familiaridad y la franqueza. Con ellas cristalicé mis primeras fantasías sexuales, aquéllas que me inspiraron las películas y revistas para adultos.

Pero esa noche no las encontré. Di varias vueltas, indagué por ellas, pero nadie supo darme razón, ni siquiera el invariable vendedor de cigarrillos.

Decidí explorar otros cuerpos y conduje mi bicicleta hacia una dama extraña para mí. Era obesa y carecía de toda coquetería otoñal. Mi pobre economía no me permitía exquisiteces.

- Primera vez que te veo por aquí, ¿cómo te llamas? –expresé para romper el hielo.
- Carla… Vengo poco… ¿Quieres atenderte?
- Traigo poco dinero. ¿Cuál es tu tarifa?
- ¿Cuánto tienes?
- 5 soles –respondí, aunque yo tenía algo más.
- Está bien, pero nada de besos ni caricias. Tampoco me voy a desnudar…  Y sólo una pose.
- Está bien –acepté y pensé: “Qué diferencia con mi Fabiolita que hasta besos con lengua me da por un sencillo”.

Enrumbamos hacia el parque. Era un territorio descuidado, con más maleza que pasto y salpicado de geranios y otros humildes arbustos, pero cuyas filas de árboles permitían cierta privacidad a los que no teníamos para el hotel.

Fuimos por un sendero de tierra y nos detuvimos bajo un roble. Al pie, varios cartones servían de lecho casual. No pululaban, por entonces, los criminales que hoy te golpean para asaltarte. En esa época lejana se amaba tranquilamente bajo el cielo nocturno.

Carla dejó caer su bolso en el pasto y yo apoyé en el árbol mi bicicleta.

- Lo haremos parados– dijo ella.
- ¡Echados! –le pedí-. Me gusta la pose del misionero… Te daré más plata la próxima vez –y le entregué todas las monedas que tenía.

Ella hizo un gesto de disgusto. Meditó por unos segundos mientras contaba las monedas y finalmente asintió con la cabeza. Miró de un lado a otro, cerciorándose de que no hubieran fisgones y, dificultosamente, se bajó el ajustado pantalón de lycra. Sus grandes muslos eran una invitación a apretarlos, a lamerlos, a morderlos… Carla terminó por bajarse la ropa interior y se acostó sobre los cartones. Tenía las piernas abiertas de par en par.

Me bajé el pantalón hasta los tobillos. Entré en ella sin cautela. Carla estaba caliente, pero carecía de la humedad necesaria y la penetración se hizo penosa. Gimió un par de veces hasta que me pidió que me detenga. Lo hice y se aplicó un lubricante.

- Despacio, me duele mucho –indicó.
- No te preocupes –respondí, pero su dolor avivaba mi pasión.

Reinicié con un ritmo pausado, cadencioso, simulando consideración hacia ella, pero al poco tiempo ya la poseía con violenta exaltación. Carla evitaba verme a los ojos, su mirada, extraviada, parecía buscar algo en el cielo o entre las copas de los árboles.

La apreté con fuerza de la cintura y ella dejó escapar un largo quejido. Me rogó que fuera menos tosco, mas yo la ignoraba, concentrado como estaba en mi propio goce. Me aproximaba al clímax cuando mi glande colisionó contra algo duro, quizá óseo, pero que cedió ante la fuerza de mi ímpetu. Entonces Carla, con los ojos muy abiertos, exclamó:
- ¡Te dije que tengas cuidado, vas a malograr a mi bebé!

Recién entonces comprendí que el volumen de Carla procedía de su avanzado estado de preñez. Sentí asombro, asco, desprecio, pero no me levanté. Seguí con mi disfrute, recreando en mi mente gratas imágenes de las rutilantes actrices porno. Terminé y salí volando con mi bicicleta. En el trayecto pensé si podría haberle hecho algún daño al no nacido. Llegué a casa e indagué en libros, revistas y materiales de todo tipo. No es que sufriera un súbito rapto de compasiva preocupación. Sólo fue curiosidad y también algo de natural morbo.

Como sea, ahí nació mi interés por la ginecología, especialidad que luego estudié y que hoy ejerzo con singular éxito.